LA LINDE, 2-2014

Arqueología Pública:

 

¿QUÉ ES LITERATURA (Y OTRAS LOCURAS ARQUEOLÓGICAS)? POR UN ARQUEÓLOGO 

 

 

Pablo Guerra García, arqueólogo

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“Somos lo que comemos”, añadió hace tiempo alguna mente pensante. No recuerdo quién fue el autor de semejante reflexión, pero yo añado: y lo que escribimos. Porque parece ser que no se le da importancia al simple acto de escribir. Algo tan común y habitual nos caracteriza no sólo del resto del mundo animal, sino que nos diferencia a unos de otros. La forma de escribir, el medio, el idioma y hasta la postura, nos caracterizan del resto del universo. Yo, por ejemplo, ahora mismo me encuentro escribiendo estas líneas para ti, lector, en mi coqueto estudio de Florencia, en el barrio de Oltrarno, mientras los habitantes de esta preciosa ciudad festejan el éxito de su equipo de fútbol frente a no se qué otro equipo del Calcio. Algo tan banal me está caracterizando en este momento, y es posible que tú, lector, ya te estés haciendo una pequeña idea de cómo soy yo. Si es así, este es un logro mucho mayor que el hecho de no llegar a conocernos nunca. Por eso, soy lo que te escribo…


Soy arqueólogo, y hace un par de años decidí, sine die, hacer un homenaje a mis compañeros de profesión. ¿Se lo merecen? Pues a pesar de los numerosos defectos que tienen y tenemos –yo, el primero-, y de las escasas virtudes que aportamos, creo que sí. La primera cosa que se me pasó por la cabeza fue: ¿cómo hacerlo? No resultó fácil la decisión. Pensé en poner una cuña en la radio, pero era posible que no todo el mundo lo escuchase. Pensé en hacer un anuncio para la televisión, pero se salía de mis capacidades económicas. Pensé incluso en escribir a la Casa Real, a ver si, en el discurso de su Majestad, podría hacer alusión a los profesionales de la arqueología, pero mi mujer me mandó a tomar viento fresco. Entonces, ¿cómo hacer el homenaje? Finalmente decidí ejercitar una de mis escasas virtudes: escribir.

 

Ya sabía qué hacer, pero ahora tocada decidir cómo hacerlo. Podría haber hecho uno de los tantos monográficos densos y tostones que habitualmente publicamos los arqueólogos. Podría haber hecho una simple cuartilla, a modo de panfleto, dando las gracias a todos, o podría haber hecho una pintada de dimensiones colosales en la fachada del edificio del Museo Arqueológico Nacional –reconozco que esta idea estaba casi decidida…-. Sin embargo, elucubrando y planteándome no acabar en prisión, al final tomé una decisión muy importante y responsable: hacer una novela. Sí, sí, una novela basada en la vida de un arqueólogo. También podría haber escrito un libro de poesía sobre los arqueólogos, pero la consecuencia más inmediata habría sido la de perder a las tres cuartas partes de mis amistades. Por lo tanto, decidí hacer una novela…


La siguiente pregunta era obvia: ¿cómo demonios se escribe una novela? Ciertos autores como Unamuno o Pérez Galdós aseguraban que lo más difícil de escribir una novela era encontrar el personaje. Porque el personaje lo es todo. Si encuentras a un personaje que empatice con el lector, tienes el cincuenta por ciento del éxito asegurado. Claro está, pensé, que si es un homenaje a la profesión, el personaje debería ser un arqueólogo. De nuevo me sobrevino la duda: ¿qué modelo de personaje debería utilizar? Reconozco que esta parte de la historia fue la más complicada. Por más que leía y leía biografías de personajes, de arqueólogos que han pasado por nuestros tiempos, no encontraba el modelo idóneo. Cada uno aportaba cosas diferentes, pero el resultado final no era el que yo buscaba. Finalmente algo curioso me aconteció. He aquí que me encontraba ojeando un álbum de fotos en mi casa. Eran las fotos de mi participación en una excavación arqueológica, allá por el año 2000, cuanto de pronto hallé la solución. A lo largo de tantos años había estado recopilando –mentalmente- un sinfín de anécdotas y situaciones particulares que mis compañeros me había estado contando tras quince años de dedicación. Por lo tanto, el modelo de personaje, el paradigma de protagonista debería ser un compendio de todos los compañeros que he ido conociendo a lo largo de este tiempo, para bien y para mal. Tendría que dedicarle mucho más tiempo y esfuerzo, pero en ese momento pensé que el resultado sería satisfactorio del todo. Y me puse a escribir…

 

Y ahí me planté, en mi habitación, cierta noche en plena madrugada, a escribir como un singular Dante todo lo que se me venía a la mente. Día tras día, corrección tras corrección, hilaba la historia teniendo cuidado de no caer en los clichés habituales –algo que creo no haber conseguido del todo-. Además mi intención era el despojar a la historia de un excesivo uso de tecnicismos, ya que la novela debería ser entendida y comprendida por todos, tanto por gente del sector como de fuera de él. Día a día, semana tras semana y cerveza tras cerveza el argumento iba cogiendo forma. Finalmente pude poner el “The End” y entregárselo al editor.


Muchas horas nos llevaron a ambos las correcciones posteriores, y con razón, porque uno no nace sabiendo el noble arte del romanzo. Si yo soy la madre de la criatura, debo decir que mi editor es el padre. Y es que el papel de estos personajillos, que nadie sabe cómo son ni nadie sabe qué aspecto atribuirles, es vital para que una novela salga a la luz. Más importante es cuando el editor es arqueólogo también, y muchísimo más importante es que sea tu amigo. A él le dedicaremos, querido lector, estas breves líneas.

 

La repercusión que ha tenido “El Hallazgo” ha sido dispar (Guerra García, 2011). Naturalmente he recibido muchas felicitaciones, no sólo de compañeros de profesión, que se han visto identificados, sino por gente ajena al sector. Esa gente ha comprendido un poco más nuestro trabajo, al menos eso dicen, y han roto con los viejos estereotipos que venimos arrastrando desde hace un par de siglos. Si te dijese que ahora mismo pensases en un modelo ficticio de arqueólogo, estoy seguro, lector, de que te vendría a la mente el clásico personaje desarrapado, con la piel comida por el sol, y con una vestimenta formada por pantalones color caqui o tierra, infinitos bolsillos, chaleco del mismo color que los pantalones y una bolsa bandolera de cuero o sucedáneos. Si el modelo cambia a mujer, el prototipo es el mismo, salvo con las pertinentes exuberancias femeninas. ¡No olvides ataviar a ambos con unas botas de campo y un gorro de ala ancha! Sin embargo, Lancaster Williams, mi querido hijo y personaje, es diferente. Como observarás no digo “perfecto”, sino diferente, pero no te lo voy a revelar, lector amigo mío, porque te privaría de descubrir parte de la gracia. Muchos me han agradecido el esfuerzo, y otros, sin embargo, me lo han reprochado…


Existe en nuestro vocabulario un concepto llamado “social” que muchos, en nuestro sector, han olvidado. Y es que realmente somos profesionales cuyo objetivo no es sólo investigar. Existen también, en nuestro vocabulario, otros conceptos como son investigar, conservar y preservar, los cuales van acompañados de un hermano pequeño, casi marginado, llamado DIVULGAR. Cuando se me presentó la ocasión, y tras presentar el libro junto al editor por tierras conquenses, no se me ocurrió mejor experimento que preguntar a la gente qué eran para ellos, el concepto de la arqueología y del arqueólogo, tras haber leído El Hallazgo. Los resultados no pudieron ser más esclarecedores. Mientas que el concepto previo estaba claramente articulado alrededor de los modelos televisivos –aventuras y “tortazos”- la opinión posterior cambió alrededor de unos profesionales técnicos que velan por el Patrimonio Cultural.


La población encuestada abarcaba entre los 9 y los 99 años, con un abanico profesional que incluía estudiantes, licenciados, empresarios, amas de casa… La comarca del Záncara había sido testigo de cómo en poco años su zona se había visto invadida por arqueólogos, a razón de la construcción de una gran tubería de agua potable, la cual había afectado a un buen número de yacimientos. Antes de nuestra llegada, amigo lector, ¿cuál crees que era su opinión sobre nosotros, los arqueólogos?: “son gente que va con gorro y botas de montaña”, “les gustan mucho las momias”, “es una profesión en declive”, “suelen trabajar en el desierto”, y la mejor de entre muchas, “su mejor herramienta es el pincelito”. Sin duda, era el momento de actuar…

 

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Tras la presentación del libro en poblaciones como Mota del Cuervo o Las Pedroñeras (Cuenca), y tras la lectura del ejemplar por algunos vecinos, obtuvimos como resultado algo que se enmarca dentro de la llamada Arqueología Pública, un concepto enriquecedor y ferozmente forjado sin duda por Jaime Almansa Sánchez:
Si la arqueología trata de crear un conocimiento novedoso desde el estudio de los restos materiales de sociedades pasadas, la Arqueología Pública estudia todas las relaciones entre dicha arqueología y la sociedad contemporánea con el ánimo de mejorar la coexistencia entre ambos y lograr un entendimiento generalizado del valor y uso de la arqueología” (Almansa Sánchez, 2011: 90).

La coexistencia de la que habla Almansa es básica. El Hallazgo ha intentado que exista un vínculo entre el lector, sea de donde sea, y sea cual sea su dedicación, con un personaje, o dos, o todos. De hecho, esa es la esencia de un homenaje al sector. No se trata de que nos sintamos estupendamente por nuestro trabajo, sino de que la sociedad se sienta bien por el gasto que realiza por nuestra labor. Ese es el sentir más buscado en la novela.


Con todo, fuimos llamados al I Congreso de Socialización del Patrimonio en Medios Rurales –te juro que es la única referencia seria que voy a aportar, amigo lector- y fue interesante la postura de nuestros compañeros asistentes. Fue una postura laxa y no ausente de nuevos conceptos, nuevas ideas, nuevas aportaciones. ¿Encajó la literatura como “arma de construcción masiva”? ¡Pues si, y con excelentes resultados! Sólo mencionando la maravillosa novela de Agatha Christie, “Ven y dime como vives”, Lancaster se metió en el bolsillo al respetable (Christie, 2008). La literatura, en general, es un potente afrodisíaco para la sociedad. La literatura es sencilla, porque es pura lectura, y deja libre el “libre-pensar” –valga la redundancia-. En el congreso de Malpartida de Cáceres fuimos testigos de cómo la literatura ha sido una potente arma de divulgación de imágenes, como la de los íberos “quijotescos”, la de los personajes indiana-jonescos o la del arqueólogo actual, ¡el verdadero arqueólogo!, que comienza muy ilusionado pero termina trabajando en una floristería (Guerra García, 2011).


No es fácil que quede claro el concepto de “Arqueología Pública”, pero sí está claro que la literatura es una herramienta fundamental. Somos científicos, pero también somos escritores. Por todo esto, amigo mío, me han llamado de todo, desde snob, friki y hasta inconformista –como si para mi fuesen insultos…-, cuando lo que soy es un enamorado de la arqueología, de mi profesión, de mi dedicación y de un sector que me lo ha dado todo. La arqueología es mi pasión, por encima de ideologías o creencias. La arqueología está formada, día tras día, por personajes, por hechos, por anécdotas y por resultados científicos por encima de los tesoros y del resto de tonterías que nos cuentan los medios (en este sentido, ver Almansa y Mazo 2010). En un afán por vender y por mostrar nuestra profesión como una aventura en busca del oro, se han olvidado –o no les interesa recordar- que la arqueología es, ante todo, profesionales cualificados. Ese es el noventa por ciento de la arqueología, mujeres y hombres que se forman durante años por vocación y porque tienen curiosidad científica. Si la sociedad quiere aventuras, que se apunten a kárate o a montar en trineo…


Suena bien, ¿verdad? Sin embargo, qué bonito y qué beneficioso sería para nosotros que nuestro sector fuese parecido al de los abogados, al colectivo de los médicos o al de los ingenieros. Qué bonito sería que, por encima de los beneficios personales, económicos o laborales, estuviese el poder aportar algo en conjunto a la sociedad. Y qué bonito sería, lector, que tras leer esto no estuvieses pensando: “¡pero qué friki es este tío…!”. Qué bonito sería que nosotros mismos dejásemos de dinamitar los logros de nuestros compañeros. Qué gran paso sería formar un colectivo fuerte con voz propia, y que se opusiera en contra de los atropellos que sufre nuestro Patrimonio Cultural. Qué bueno sería que los diferentes sectores que forman la profesión –colectivos privados, asociaciones, museos, universidades, profesionales- se sentasen un buen día a charlar sobre cómo mejorar nuestra situación laborar. Y qué bonito sería que tras leer este artículo, amigo lector, te pusieses a escribir un artículo sobre algo que te viene rondando desde hace meses –qué digo meses, ¡años!... Yo di ese gran paso hace tiempo, ¿y sabes una cosa? Fue la mejor decisión que tomé. No sólo por las consecuencias positivas o negativas de la publicación, sino por haber satisfecho esa necesidad que alguna vez tenemos, y que no sabemos cómo hacer. Es la necesidad de expresar a grito pelado, lo que sentimos. La juventud utiliza, o utilizaba, los diarios. Nosotros tenemos otras herramientas, pero no las queremos emplear…


Casi un año después de su presentación, y tras un agotador tour de conferencias por España, yo me sigo encontrando aquí, contigo, lector, sentado frente a mi ventana en el Oltrarno, pensando si todo lo que te he dicho te ha servido de algo. No se si te has dado cuenta, pero este simple artículo es la introducción a la que podría ser tu propia novela. Te estarás imaginando mi estudio como el típico habitáculo bohemio con los techos entrevigados de madera. Te estarás imaginando mi mesa, con el clásico mantel de cuadros y la botella de vino chianti vacía, con una vela medio derretida. Te estarás imaginando también las paredes, repletas de cuadros absurdos como uno con el Monte Fuji, el puzzle de un castillo alpino al que le faltan tres piezas, o un pantocrator al que se le ilumina la cabeza cuando das una palma. Me estarás imaginando con ropa cómoda de estar en casa y unas chancletas compradas en un “todo a cien”. Hasta es posible que ahora mismo estés escuchando los cánticos de los hinchas de la Fiorentina, tras su victoria… Si es así, ¡esto es una novela! Y si has sido capaz de percibir la idea, también puedes ser capaz de escribirla. Esto es novelar…


Yo creo, amigo mío, que al menos he conseguido hacer literatura. Porque “hacer literatura” no es rellenar el crucigrama del diario Marca. Hacer literatura es muy difícil, y se perfectamente que me queda mucho por aprender. Pero poder expresar el sentimiento por una profesión –friki dixit- a través de una novela es el mejor y más merecido homenaje que puedo hacer a mis compañeros. También ha sido una enorme satisfacción para mí, un logro personal que difícilmente podré superar algún día. Pero ante todo, la superación es escribir lo que somos, y dónde estamos. Porque, como dijo un muy buen amigo mío, hoy es el subsuelo, mañana será el mundo… Gracias por escucharme un rato, amigo lector.

 



Bibliografía que puede ayudarte (o no…):

Almansa Sánchez, J. (2011): “Arqueología Para Todos los Públicos. Hacia una definición de la Arqueología Pública «a la española»”. En: ArqueoWeb, 13. Pp. 87-113. www.ucm.es/info/arqueoweb.

Almansa Sánchez, J. y Del Mazo, B. (2010): “Tesoros, Política y otros demonios. La arqueología madrileña en la prensa”. En: Actas de las VI Jornadas de Patrimonio

Arqueológico de la Comunidad de Madrid. Museo Arqueológico Regional. Madrid.

Christie, A. (2008): Ven y dime como vives. Ediciones Tusquets. Barcelona.

Guerra García, P. (2011): “De cómo empezamos trabajando como arqueólogos y terminamos en una floristería”. En: Almansa Sánchez, J. (eds.), Charlas de café. El Futuro de la Arqueología en España. JAS Arqueología. Madrid. Pp. 105-109.

Guerra García, P. (2012): El Hallazgo. La historia ficticia de un arqueólogo real. JAS Arqueología. Madrid.

 

 

Enlaces:

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http://eldiariodelancasterwilliams.blogspot.it/

 

 

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